Danza

Todos los días ocurren innumerables milagros a nuestro alrededor; todos los días gran cantidad de seres en este planeta alaban y agradecen la presencia y manifestación de cada uno de estos milagros: tanto como los que tenemos al frente de nosotros como aquellos que no somos capaces de ver, de escuchar o simplemente percibirlos.

La magia nos rodea constantemente; la tierra nos habla, nos invita a danzar con ella, a contemplarla, a sentirla, olerla, escucharla, a vivir, a movernos y a visitar sus lugares más sagrados; nos invita a conectarnos, a caminar de la mano de sus árboles, a sentir su brisa en nuestro rostro, a sentir en nuestra piel el calor del sol que es nuestra fuente de poder. Todos los días recibimos una invitación para vivir una vida diferente, en la que no estemos rodeados de tanto asfalto, gritos, cornetas, bombas o balas perdidas.

Hemos olvidado el legado más preciado de nuestros ancestros para darle paso al mundo del ego y de la tecnología. Hemos dejado atrás nuestra comunión con la Tierra, con todos los regalos maravillosos que ella tiene para nosotros. Hemos olvidado nuestros lugares sagrados y los vórtices energéticos que hacen que nuestra energía se mezcle y se conecte con el latido del Universo, con el centro de nuestra galaxia, que a su vez se conecta con todas las demás galaxias de todos los universos. Hemos dejado atrás el vivir a través de la Tierra con la Tierra y para la Tierra, porque al final todo viene de ella y todo termina regresando a ella. Hemos dejado de formar un círculo simbiótico para convertirnos en una especie de virus que poco a poco va acabando con todos sus recursos.

Caminamos por este planeta como zombis, sintiéndonos totalmente desconectados los unos con los otros, desconectados de la Tierra, de nuestros animales y de nuestro mundo vegetal. Vivimos apelmazados unos arriba de otros como en unos gallineros; creamos edificios que mientras más altos y alejados están de la tierra más cotizados y admirados se vuelven. Vivimos y trabajamos como máquinas, como robots, todos los días repitiendo lo mismo, la misma rutina. La pasión es efímera en nuestras vidas: nos levantamos en la mañana por obligación, trabajamos para comer, comemos para vivir. El cansancio y el estrés son nuestros fieles compañeros. Esto sólo lo compensan unas copas los viernes por las noches, una que otra rica comida, unas cortas vacaciones, hacer el amor de vez en cuando o realizar uno que otro pasatiempo. La vida se nos va encerrados en el tráfico y en un trabajo que ni siquiera nos genera satisfacción.

Cada día fabrican más carros, que son los que trazan nuestros caminos y nuestras rutas; cada día más personas se apilan en las grandes ciudades y dejan la tierra a un lado. Hemos cambiado el color verde por el gris.

Nuestra energía vital se va desgastando poco a poco en nuestro interior al mismo tiempo que aceptamos nuestra vida actual de igual forma que un animal de un zoologico ha aceptado sus barrotes. Creyendo que no se supone que seamos felices todo el tiempo, que así es la vida y que no podemos vivirla de una manera diferente. Nos acostumbramos al miedo a nuestras limitaciones que solo existen en la mente. ¡Y todavía nos extraña la cantidad de enfermedades que manifestamos diariamente! Realmente no estamos viviendo; simplemente estamos siguiendo un programa, un patrón que ha sido previamente determinado.

¿Cuántas veces te has levantado en la mañana y has pensado que tu vida se te está yendo entre los dedos? ¿Cuántas veces te has sentido fuera de lugar en tu trabajo, en tu carrera, en la vida? ¿Cuántas veces has pensado que quizás hay algo más allá afuera que te haga sentir vivo? Que quizás no viniste a esta Tierra a estar sentado en una oficina todo el día; que no vinimos a este mundo a vivir como lo hacemos hoy día.

En determinados momentos de mi vida, me he detenido a observar a las personas cuando suben alguna montaña como el cerro El Ávila, o cuando están cerca de lugares naturales como una playa. Es increíble cómo enfocan su energía en los aspectos más elementales de la vida, como por ejemplo, el cultivo o exhibición de sus cuerpos físicos o las fotos para subirlas a las redes sociales. Es realmente sorprendente cómo van caminando sin tener consciencia de todos los milagros que están ocurriendo a su alrededor; son pocos los que realmente se conectan con eso.

¿Alguna vez te has detenido a contemplar un árbol? ¿A observarlo realmente? Te invito a que busques un árbol que sea de tu mayor agrado, que te inspire, cuyo esplendor puedas observar, y observa cómo el viento mueve sus ramas, siente cómo los dos -tú y él- danzan al unísono con el milagro de la vida; disfruta de cómo ambos son movidos por el viento. Esta es una de mis meditaciones favoritas.

Comienza a expandir tus sentidos, trata de ver un poco más, sólo abre un poco más tus ojos, mira a tu alrededor, detente por un momento, hoy día todo se acelera, nunca tenemos tiempo.

Hay una gran cantidad de fenómenos y energías que esperan con ansias ser vistas o percibidas, que le prestes sólo un poco de tu atención. Trata de escuchar un poco más, sólo tienes que cerrar tus ojos y realmente escuchar. No esperes a que el mundo esté más callado para aprender a escuchar.

Definitivamente nuestro sistema de vida tiene que dar un giro radical, y no solo porque estemos acabando con los recursos de nuestro planeta, lo cual nos puede llevar a que la población mundial se reduzca considerablemente, debido a catástrofes o cambios climáticos, sino porque simplemente no somos completamente felices y plenos en nuestras vidas. ¿Acaso ésta no es una razón suficiente para cambiar?

En tus manos está aceptar esta invitación de nuestra Madre tierra para danzar juntos. ¡Sólo tienes que tomar su mano y DANZA!

Autor:
lic. Nelson Ramos
yo2
instagran y twitter: @peregrinosdeluz

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